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| "No Time for Love", graffiti en Trintxerpe, Gipuzkoa, 2014. |
No hay tiempo para el amor. El
hallazgo de este grafitti en la pared de un garaje no puede sino provocarme un sentimiento
de descontextualización. Parecería que el espectro de los ochenta estuviera
todavía rondando en eso que algunos sociólogos denominaban como “juventud vasca”.
Pero no, la incompatilidad del tiempo para el amor y la acción política propia
de la militancia es ahora un mensaje con dobles lecturas, un mensaje fuera de
quicio, out of joint. Un lema sujeto
al desplazamiento temporal. Ya no es el compromiso político lo que nos roba el
tiempo, sino la dinámica de la ilusión de una productividad sin límite y sin
fin. Sin descanso.
No hace mucho escribí un
ensayo sobre el amor y la producción, y allí hablaba del título de una
instalación de Asier Mendizabal originariamente presentada en D.A.E. Donostiako
Arte Ekinbideak de San Sebastián en el año 2000. Decía así:
(…) *
“En cualquier caso, Les amants réguliers (Garrel) representa
la antítesis de ese otro eslogan No Time For Love, que es
una canción y una instalación artística de Asier Mendizabal del año 2000. El
mensaje de la canción del cantautor Christy Moore viene a decir que no hay
tiempo para el amor cuando se da una situación de violencia
política; el trabajo de Mendizabal, cuenta con varios fragmentos escultóricos y
fílmicos y recibe su título de la canción original versionada por el grupo
vasco Hertzainak. La letra se contextualiza en el marco del conflicto de
Irlanda del Norte así como en las políticas internacionalistas de la izquierda.
Al margen de la referencia concreta, para Mendizabal (para quien el concepto de
“masa” es pivotal en todo su trabajo) el título funciona más como
desencadenante de una disyuntiva aún mayor: las relaciones (y las elecciones)
entre deseo y militancia, amor y política, o la radical separación entre la
acción pública (la política) y el deseo privativo de la esfera privada (el
amor). El compromiso político gravita entre la pasión y la acción, algo que
puede extrapolarse a la militancia en el arte como una constante escisión entre
la pasión (propia del esteta) y la acción (típica del militante), algo que la
dialéctica vendría a suturar en una renovada versión de la fórmula aesthetics & politics.
Esta dialéctica (amor y
política) deviene desde ese momento en un horizonte de pensamiento, apuntando
de manera más exacta a las contradicciones existentes entre el idealismo de la
ideología y su reverso, esto es, el pulsional sujeto de deseo. La dialéctica
buscaría religar al pasional y al militante en un plano superior. En ese
conflicto, la experiencia individual dentro de la colectividad a través de una
educación sentimental es siempre un paso obligado”.
(…)
* Fragmento de “El amor como producción:
una pequeña teoría de la economía del arte”, Fanzine PIPA 01, Barcelona, 2012.

