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| Tecnología como bricolaje. Adam y la creatividad en Only lovers left alive |
Como he explicado, la relación tecnológica
entre analógico y digital es aquí toda una metáfora entre modelos de
creatividad antagónicos que van de la originalidad al plagiarismo. Este es
uno de los grandes temas del filme, y alguien tan empapado de referentes
culturales como Jarmusch únicamente parece estar señalando que cualquier
evolución o avance que podamos imaginar en el ámbito de la cultura se asienta
en algo que nos precede y que permanece ahí como algo a respetar y admirar,
pero también a superar. Toda progreso es fruto del reciclaje y la reescritura
de lo previamente realizado. La postura conspirativa anti-Shakespeare
representada por el vampiro que encarna a Christopher Marlowe atestigua un
cuestionamiento de la autoría y un claro alegato en contra del canon
occidentalizado de “autor” como una interesada construcción histórica pergeñada
por los poderes fácticos. Aún sin voluntad de ambigüedad en su tesis sobre la
verdadera pluma detrás de Hamlet, Jarmusch parece querer problematizar el
concepto de autoría más que esclarecer ninguna certitud histórica. (Desde hace
varios siglos se conoce como la Teoría Marlowe a toda una serie de
especulaciones sobre la autoría de las obras de William Shakespeare. Según
estas teorías, Shakespeare no escribió ninguna de sus obras sino tan solo se
limitó a poner su firma a obras de otros autores. Uno de estos autores pudo ser
Christopher Marlowe, 1564-1593, aunque también se barajan otros nombres).
La simultaneidad de este debate con respecto a
la cultura YouTube es tan pertinente como el posicionamiento de cualquier
músico respecto a los modos de producción y distribución de su trabajo. La
proliferación del mash-up como género compositivo en la era digital así
como toda la resaca de las remezclas interminables puede ser comparada con
aquella intuición de William Gibson de que “los músicos, hoy, si son listos,
hacen circular sus nuevas composiciones por la red, como pasteles puestos a
enfriar en el alféizar de una ventana, y esperan que otras personas las
reelaboren anónimamente. Diez serán un desastre, pero la número once puede ser
genial. Y gratis. Es como si el proceso creativo ya no estuviera contenido en
el interior de un cráneo individual, si es que alguna vez lo estuvo”. (Mundo
espejo,
p. 75)
Sobre algo de esto trata Solo los amantes
sobreviven, un artefacto cultural que buenamente representa para nuestro
posmodernismo tardío lo que el “filme nostalgia” significó en la fugaz alta
posmodernidad de mediados de los años ochenta. Pero ahora, en lugar de imaginar
una postal de los Estados Unidos de los años 40, 50 y 60 (con todos sus
“fantasmas semióticos” sobrevolando al unísono), es el Detroit
post-apocalíptico contemporáneo el que se nos presenta. Una ciudad fantasma
cada vez más despoblada y que, como dice Eve, algún día florecerá de nuevo,
cuando las masas huyan de sus lugares a la búsqueda del agua. De repente,
pasamos del género vampírico a la ciencia ficción distópica sin apenas habernos
apercibido. La ciudad de Detroit se torno en protagonista como escenario de un
utopismo ansioso que nunca pudo llegar a ser; del esplendor de la modernidad
proyectada y la ciudad del motor donde Henry Ford ensambló su primer vehículo a
motor a la belleza del abandono de las grandes ruinas modernistas. En una
escena de Solo los amantes sobreviven en el Teatro Michigan, los dos protagonistas
hablan sobre la historia del edificio como un ejemplo del cambio cultural y la
decadencia. Lo que fue concebido como un teatro maravilloso en la década de los
años 20 del pasado siglo es ahora un parking, una ruina, un testigo mudo del
movimiento cíclico de la temporalidad histórica. El Teatro Michigan es un
valioso ejemplo de una arqueología del futuro, esto es, un objeto del pasado
rescatado a la atención como contenedor de una irresoluble dialéctica entre
utopía y distopía.
El Teatro Michigan así como la Michigan
Central Station han sido objeto de una serie de fotografías del artista Stan
Douglas, denominadas como Detroit Photos (1997-1998), que incluyen casas,
estadios, oficinas y otras estructuras municipales. La fascinación con las
fallidas utopías modernas tiene que ver con un deseo de verificación de los
sueños, “el gran sueño Americano”. Las fotografías de Douglas muestran el nuevo
parking sin el fantasma de Henry Ford, mientras que la gigantesca estación se
erige monolítica, casi como una prisión en medio de un paisaje desolado de vías
sin trenes y vegetación salvaje. El legado de la modernidad industrial en la ciudad
del motor (Motown) es la de un periodo de producción cultural cuya grandeza y
utopía artística parecen ahora empobrecidas.
La reinvención de una asediada Detroit es el
escenario para que, quizás, el arte pueda también florecer, y las referencias a
la historia musical de esta ciudad pasan desde los míticos sellos Motown y Stax
que tanto sirvieron al soul, funky, jazz y todo lo que sonara a “negro”
(incluido a un incipiente Michael Jackson), como a la potente tradición de
música electrónica y de club. Al igual que hace Tarantino en sus películas, la
coctelera musical de Jarmusch pasa por un posmodernismo referencialista y sí,
también del tipo “moda nostalgia”, y que recoge como hemos dicho el imaginario
de la guitarra de los 50 y 60, Chet Atkins, a la música de los 60 (Wanda
Jackson y su “Funnel of Love”); los 70, el rockabilly de Charlie Feathers, el
sonido negro de Denise LaSalle, así como el punk rock furioso de White Hills y
Jack White. Pero en lugar de ver las referencias musicales en alusión a un mundo
cerrado de producción y consumo, conviene aquí leerlas como un códice de los
modos en los que la cultura actual reproduce insatisfecha el archivo acumulado
desde la propia modernidad.
Para unos seres que tienen demasiado pasado
(Historia) y también un futuro infinito, sólo la alteración y corrupción de la
sangre humana en aras a nosesabe qué intereses económicos puede cambiar su
destino. Mientras tanto, la ansiedad cultural reside en que el futuro parece
una condena. El cierre del futuro en el actual ideario del neoliberalismo se
concreta en que es el capitalismo el que trafica con futuros, no el socialismo.
La tecnología a modo de bricolaje que Adam experimenta es la del artista en su
estudio para quien el aburrimiento, mejor dicho, la potencialidad de la palabra
inglesa boredom y la francesa ennuie, todavía posee un mínimo de capacidad
emancipadora alojada en la creatividad y en el poder de la imaginación.
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| Theather Michigan, Stan Douglas, fotografía, 1997. |


