Comenzar este post o reseña con esa tema de La
Habitación Roja que dice “ésta no será otra canción de amor”. Pues sí, ésta
también es otra canción de amor. Porque si tuviera que trasmutar de
género/disciplina/medio la película Invisible de Víctor Iriarte y
que
recientemente se ha proyectado en el Festival Dock of the Bay de San Sebastián,
lo haría en una triste canción de amor pop-indie. El propio Víctor se
expresaba de un modo similar cuando después del pase comentaba que hacer cine
hoy en día en España se parece a tener un banda de música, ensayare en garajes,
sacar un disco con cuatro duros y comenzar una gira presentando la película (el
álbum). Invisible es un artefacto de esta naturaleza, un objeto difícil de asir por
sus múltiples identidades pero fácil de comprender por lo definido de sus
aristas y contornos.
“Una película de vampiros. Una película de
amor. Un musical”. Así se auto-presenta este film: un retrato ultrapersonal de
Maite Arroitajauregi, Mursego. Además de esos géneros, Invisible es también un cruce
entre ficción y documental, entre proyección y realidad, acontecimiento y
escritura. La gran novedad formal introducida es que más que ante un film
puramente visual, estamos ante una película contada o narrada a través de texto
o escritura. Una película que se lee más que se ve. Este ejercicio de
radicalidad formal o experimental que supone privar al espectador de la
historia visual para que éste la construya en su cabeza es no hay duda lo que la
sitúa constantemente en el filo de la navaja. La decisión es casi suicida, al
autosabotear el propio autor el componente visual y ritualista del modo de
contemplación en la sala de cine. Sin embargo, según va pasando el metraje,
esta pirueta se revela como un elemento estructural que encaja la narración
dentro de un puzzle en una estructura compacta de gran originalidad.
Víctor Iriarte ejecuta un retrato de la música
Mursego (que como se dice en el film quiere decir murciélago en portugués), y
de éste retrato subjetivo se desprende una historia de amor entre ambos que ha
sido. Podría ser ficción, sí, pero hay demasiados elementos subjetivos como
para ello. Por el contrario, una historia de amor no puede ser narrada nunca
como un documental. Más bien, la categoría que mejor encaja a Invisible es la de no-ficción.
Ocurre, como pasa siempre, que las historias de amor de otros nos incomodan. El
amor, visto a través de una lente exterior, nos parece a menudo ñoño. La ñoñez
del amor tiene que ver con su representación y aunque aquí, el director nos
prive de sus imágenes, unos diálogos que bien podríamos considerar de
“trillados” nos devuelven al candor amargo o dulce de los enamorados o de
aquellos que un día se amaron. Esta película “invisible”, cuyo título es más
que significativo tiene sin embargo una cantidad de información suficiente para
poder construir una narración en la mente del espectador. Aparte de la lectura
y las imágenes, el sonido existe no solamente a través de Mursego sino también
gracias a una gran variedad de pequeñas entradas sonoras que percuten en la
narración (desde el inconfundible ruido del afilador a pequeñas intros de
sonido de género fílmico, terror, vampiros…) A ello se le suma el punto de
vista personal y en primera persona que adopta Iriarte, cuando su voz en off se filtra varias
veces a lo largo del metraje, una voz que, hay que decirlo, también incomoda.
Ello sitúa al espectador en una situación interesante en la que constantemente
tiene que asir el aquí y ahora de lo que está viendo.
Esta falta de distanciamiento que casi
cualquier director de cine utilizaría para que las películas no sean
literalmente autobiográficas queda aquí cuestionado, auto-saboteado. Strip-tease o despelote, qué más
da ya. Además de canción indie-pop, Invisible también tiene algo de
carta de amor.
Pero el gran interés de Invisible está también (como no
podía ser de otra manera) en la intérprete Maite Arroitajauregi. Ella no es
pop, quizás tampoco es ya indie, no es/no tiene un espíritu exclusivo teenager. Ella carga con una
pesada mochila a su espalda, su voz, su cello, sus peculiares instrumentos.
Esta parte estrictamente documental, un registro de sus ensayos en una sala de
interpretación insonorizada, son fragmentos de una gran belleza y radicalidad
formal. La artista en su estudio. El género del docurock tiene aquí un objeto a
estudiar. No es como cuando los Rolling Stones ensayan “Sympathy for the Devil”
para Jean-Luc Godard en One Plus One (1968) y van ensayando el tema hasta conseguir
ejecutarlo por entero. Aquí, Maite ensaya distintos fragmentos los cuales nos
son presentados como eso, como piezas sueltas a recomponer en nuestro sistema
de interpretación. Más que música, ella parece una artista de performance, y
este componente performativo es aquí ineludible pues además el propio Iriarte
ha realizado y ejecutado performances ya sea en solitario o en compañía de la
artista Itziar Okariz. Todo esto sitúa a Invisible muy cerca del arte
sin abandonar en ningún momento el suelo que firmemente pisa.
Merece la pena también comentar la gran
cantidad de información destilándose ahí dentro. Es como si la claridad de la
estructura permitiera hablar de forma todavía más clara. Sabemos entonces que
él (Víctor) le pide a ella (Maite) una banda sonora para una película de
vampiros y que ella le pide a él una letra para una canción de su disco.
Reciprocidad, también en el amor.
El film está pautada por fotogramas en negro
con sonido y diálogo escrito para leer, flashes de frames en rojo y blanco, y
cada color es sinónimo de un fuerte simbolismo: rojo sangre (de vampiros),
blanco (nieve, pureza, amor) y negro, siempre el negro (muerte). “Al final
morimos” se dice.
Invisible es un notable
ejercicio de cómo construir una historia con prácticamente nada. Hacer cine es hoy
en día más que nunca un ejercicio de escritura. Escribir es más que nunca
re-escribirse a sí mismo. Ello nos muestra la senda del desplazamiento de la
narración de lo cinematográfico a territorios como son el arte, la performance,
la música y, sobre todo, la escritura. Un cuaderno, no tenemos más que un
cuaderno. A menudo no tenemos más que los márgenes de ese mismo cuaderno. Este
cuaderno no es nuevo, es el mismo que ya utilizara Godard y también otros pero
está bien recordar que lo tenemos, que no está del todo emborronado.
Invisible
no
solo funciona como título de una narrativa muy concreta sino también da nombre
a toda una manera de hacer cine “invisible”. Lo interesante no es sólo lo que ello
produce en el autor sino más bien el potencial que ello genera en el espectador
como hipotético productor/realizador/creador: mientras sus no-imágenes pasan
delante de uno/a nos afanamos en rellenar los huecos que ella deja, pero también
nos transporta a un mundo donde desearíamos hacer nuestras propias películas
con nada. El cuaderno, otra vez. Antes de que el “Otro” cine español devenga en
el “oficial”.