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1/13/2014

CRÍTICA: "Invisible" (2012) Víctor Iriarte



 

Comenzar este post o reseña con esa tema de La Habitación Roja que dice “ésta no será otra canción de amor”. Pues sí, ésta también es otra canción de amor. Porque si tuviera que trasmutar de género/disciplina/medio la película Invisible de Víctor Iriarte y que recientemente se ha proyectado en el Festival Dock of the Bay de San Sebastián, lo haría en una triste canción de amor pop-indie. El propio Víctor se expresaba de un modo similar cuando después del pase comentaba que hacer cine hoy en día en España se parece a tener un banda de música, ensayare en garajes, sacar un disco con cuatro duros y comenzar una gira presentando la película (el álbum). Invisible es un artefacto de esta naturaleza, un objeto difícil de asir por sus múltiples identidades pero fácil de comprender por lo definido de sus aristas y contornos.

“Una película de vampiros. Una película de amor. Un musical”. Así se auto-presenta este film: un retrato ultrapersonal de Maite Arroitajauregi, Mursego. Además de esos géneros, Invisible es también un cruce entre ficción y documental, entre proyección y realidad, acontecimiento y escritura. La gran novedad formal introducida es que más que ante un film puramente visual, estamos ante una película contada o narrada a través de texto o escritura. Una película que se lee más que se ve. Este ejercicio de radicalidad formal o experimental que supone privar al espectador de la historia visual para que éste la construya en su cabeza es no hay duda lo que la sitúa constantemente en el filo de la navaja. La decisión es casi suicida, al autosabotear el propio autor el componente visual y ritualista del modo de contemplación en la sala de cine. Sin embargo, según va pasando el metraje, esta pirueta se revela como un elemento estructural que encaja la narración dentro de un puzzle en una estructura compacta de gran originalidad.

Víctor Iriarte ejecuta un retrato de la música Mursego (que como se dice en el film quiere decir murciélago en portugués), y de éste retrato subjetivo se desprende una historia de amor entre ambos que ha sido. Podría ser ficción, sí, pero hay demasiados elementos subjetivos como para ello. Por el contrario, una historia de amor no puede ser narrada nunca como un documental. Más bien, la categoría que mejor encaja a Invisible es la de no-ficción. Ocurre, como pasa siempre, que las historias de amor de otros nos incomodan. El amor, visto a través de una lente exterior, nos parece a menudo ñoño. La ñoñez del amor tiene que ver con su representación y aunque aquí, el director nos prive de sus imágenes, unos diálogos que bien podríamos considerar de “trillados” nos devuelven al candor amargo o dulce de los enamorados o de aquellos que un día se amaron. Esta película “invisible”, cuyo título es más que significativo tiene sin embargo una cantidad de información suficiente para poder construir una narración en la mente del espectador. Aparte de la lectura y las imágenes, el sonido existe no solamente a través de Mursego sino también gracias a una gran variedad de pequeñas entradas sonoras que percuten en la narración (desde el inconfundible ruido del afilador a pequeñas intros de sonido de género fílmico, terror, vampiros…) A ello se le suma el punto de vista personal y en primera persona que adopta Iriarte, cuando su voz en off se filtra varias veces a lo largo del metraje, una voz que, hay que decirlo, también incomoda. Ello sitúa al espectador en una situación interesante en la que constantemente tiene que asir el aquí y ahora de lo que está viendo.

Esta falta de distanciamiento que casi cualquier director de cine utilizaría para que las películas no sean literalmente autobiográficas queda aquí cuestionado, auto-saboteado. Strip-tease o despelote, qué más da ya. Además de canción indie-pop, Invisible también tiene algo de carta de amor.

Pero el gran interés de Invisible está también (como no podía ser de otra manera) en la intérprete Maite Arroitajauregi. Ella no es pop, quizás tampoco es ya indie, no es/no tiene un espíritu exclusivo teenager. Ella carga con una pesada mochila a su espalda, su voz, su cello, sus peculiares instrumentos. Esta parte estrictamente documental, un registro de sus ensayos en una sala de interpretación insonorizada, son fragmentos de una gran belleza y radicalidad formal. La artista en su estudio. El género del docurock tiene aquí un objeto a estudiar. No es como cuando los Rolling Stones ensayan “Sympathy for the Devil” para Jean-Luc Godard en One Plus One (1968) y van ensayando el tema hasta conseguir ejecutarlo por entero. Aquí, Maite ensaya distintos fragmentos los cuales nos son presentados como eso, como piezas sueltas a recomponer en nuestro sistema de interpretación. Más que música, ella parece una artista de performance, y este componente performativo es aquí ineludible pues además el propio Iriarte ha realizado y ejecutado performances ya sea en solitario o en compañía de la artista Itziar Okariz. Todo esto sitúa a Invisible muy cerca del arte sin abandonar en ningún momento el suelo que firmemente pisa.

Merece la pena también comentar la gran cantidad de información destilándose ahí dentro. Es como si la claridad de la estructura permitiera hablar de forma todavía más clara. Sabemos entonces que él (Víctor) le pide a ella (Maite) una banda sonora para una película de vampiros y que ella le pide a él una letra para una canción de su disco. Reciprocidad, también en el amor.

El film está pautada por fotogramas en negro con sonido y diálogo escrito para leer, flashes de frames en rojo y blanco, y cada color es sinónimo de un fuerte simbolismo: rojo sangre (de vampiros), blanco (nieve, pureza, amor) y negro, siempre el negro (muerte). “Al final morimos” se dice.

Invisible es un notable ejercicio de cómo construir una historia con prácticamente nada. Hacer cine es hoy en día más que nunca un ejercicio de escritura. Escribir es más que nunca re-escribirse a sí mismo. Ello nos muestra la senda del desplazamiento de la narración de lo cinematográfico a territorios como son el arte, la performance, la música y, sobre todo, la escritura. Un cuaderno, no tenemos más que un cuaderno. A menudo no tenemos más que los márgenes de ese mismo cuaderno. Este cuaderno no es nuevo, es el mismo que ya utilizara Godard y también otros pero está bien recordar que lo tenemos, que no está del todo emborronado. 

Invisible no solo funciona como título de una narrativa muy concreta sino también da nombre a toda una manera de hacer cine “invisible”. Lo interesante no es sólo lo que ello produce en el autor sino más bien el potencial que ello genera en el espectador como hipotético productor/realizador/creador: mientras sus no-imágenes pasan delante de uno/a nos afanamos en rellenar los huecos que ella deja, pero también nos transporta a un mundo donde desearíamos hacer nuestras propias películas con nada. El cuaderno, otra vez. Antes de que el “Otro” cine español devenga en el “oficial”.