Los campos especializados de los estudios literarios y la filología han privilegiado la lectura atenta o cercana, lo que los anglosajones llaman “close reading”. Sin embargo, el teórico italiano Franco Moretti ha desarrollado un método que consiste en todo lo contrario: su método, completamente “materialista” consiste en la necesidad de contemplar la literatura como un fenómeno global que necesita de nuevas estrategias, herramientas y acercamientos. En La literatura vista desde lejos o la más reciente Distant Reading, el autor italiano aplica métodos propios de las ciencias naturales estableciendo así un análisis más distanciado del texto que suponga una nueva perspectiva para la historiografía literaria. Moretti no es un satirista, a diferencia quizás de su hermano Nanni, sino un estudioso de los fenómenos fragmentados de una literatura que ya no es abarcable por nadie en la era de la globalización.
El caso es que esta técnica de la mirada distanciada me parece interesante y aplicable a muchos fenómenos, por ejemplo el arte. En el caso del llamado “arte vasco” o “arte español” ¿qué supone una mirada distanciada o qué es lo que se ve cuando se mira desde fuera? Una mirada distanciada del fenómeno no es posible sin una lectura atenta y analítica de los protagonistas que le dan forma. Aquí se pone en marcha el zoom de la historia: adelante y atrás, o como marca el ritmo del chachachá; un pasito palante otro pasito patrás.
En la economía financiera tardocapitalista, donde el valor de las naciones se tasa como en el Monopoly, los sentimientos sobre las identidades nacionales quedan relegados al bazar especulativo de las “marcas en los mercados”. La esfera del arte contemporáneo debería ser un lugar para este debate desapasionado; un espacio para la discusión protegido de los vaivenes de la política pero con vistas a una interacción con las políticas públicas en materia de arte. Al menos con aquellas administraciones que las tengan. Los conceptos de estado nación, diferencia cultural o identidad híbridas se han convertido en comercializables. “Vender naciones” o “vender autenticidad” son parte de una actividad comercial. Por un lado, los productos culturales intensamente connotados por la pertenencia a un lugar son candidatos al mercado de lo exótico. Por otro, toda especificidad cultural resulta de un valor insoslayable en un mundo cada vez más globalizado. Los grandes museos de arte contemporáneo y las bienales son escaparates para ese intercambio comercial. La transformación de los museos en corporaciones les confiere un carácter de instrumentos del capital al servicio de los gobiernos.
Una de las consecuencias de esta transformación del museo contemporáneo en un complejo de entretenimiento es la exposición de gran éxito, un evento de gala ribeteado con llamativas campañas de publicidad y marketing. Los defensores de estas actuaciones afirman que estos programas pretenden mejorar la comprensión entre diferentes culturas. Según narra Brian Wallis, exposiciones de masas como “Turkey: The Continuing Magnificence” (1987-88), y “Mexico: A Work of Art” (1990) giraron por Estados Unidos con el fin de vender la imagen y los productos de los países en desarrollo a los mercados estadounidenses. Los museos convertidos en receptáculos para el espectáculo y el turismo sirvieron de contenedores para el branding de identidades nacionales. En la década que le siguió, los museos y el comisariado simplemente heredaron esta transacción de “paquetes” nacionales. Las numerosas bienales de arte que acontecen cada año son el lugar para este mercado.
Queda pendiente poner en práctica el zoom de la historia, y a veces cerciorarnos que nada como una mirada distanciada para relativizar aquello que damos como asentado e inmutable.





