11/23/2014

INTERSTELLAR de Christopher Nolan: Casa y Universo.




“Así, en todo sueño de casa hay una inmensa casa cósmica en potencia”
Gaston Bachelard, La poética del espacio


La capacidad de la ciencia ficción para convocar las inquietudes colectivas más inconscientes y reprimidas es proporcional a su propia inventiva auto-regeneradora. Interstellar de Christopher Nolan profundiza algunos temas de la ciencia y la filosofía a lo largo de la historia para el disfrute de la audiencia en un drama galáctico de proporciones épicas. Es un rasgo de la buena ciencia ficción que las preguntas científicas y las filosóficas se entrelacen hasta hacerlas indistinguibles; el origen y la naturaleza del universo, las distancias cósmicas, la vida en otros planetas, la teoría de la relatividad conjuntamente con la metafísica del ser, las paradojas de la temporalidad y el horizonte espacio-tiempo. La denominación conjunta de “ciencia” y “ficción” faculta al género para la reflexión exacta y la especulación más imaginativa al mismo tiempo, y acusar a Interstellar de tener más agujeros en la trama que “agujeros de gusano” hay en la película resulta una tarea baldía a no ser que se quiera desautorizar a Kip Thorne, el reputado experto encargado de la parte científica. Nolan es consciente de estas fallas, y sus películas son invitaciones al espectador a detectarlas. Lo que distingue a Interstellar de otros blockbusters es su disposición para convocar preguntas existenciales en medio de un espectáculo estético y auditivo arrollador, un tsunami que pasa literalmente por encima del espectador en una experiencia a la vez física y metafísica.

La situación que describe el filme es la de un futuro cercano donde grandes drones indios (se deduce que la geopolítica ha virado de eje en cuanto a las superpotencias mundiales) quedan desorientados y fuera de control, la televisión no existe y el sector primario es de urgente necesidad. Un futuro en el que resulta más prioritario devenir agricultor que enviar a tus hijos a la universidad. Un futuro en el que el programa espacial de la NASA es aún más secreto ante la dificultad de explicar a la opinión pública su desorbitado gasto. Una situación apocalíptica de tormentas de polvo donde la polución amenaza los cultivos y la vida en la Tierra. Un horizonte de no futuro con una única alternativa; usar un “agujero de gusano” como si de una máquina del tiempo se tratase para alcanzar un planeta habitable a una distancia inalcanzable. Interstellar recupera el viejo instrumento de H. G. Wells, la máquina del tiempo, ahora mediante la teoría de la relatividad de Einstein como una metáfora de las complejidades de los atajos de espacio-tiempo y las temporalidades paralelas o desplazadas.

Científicamente se considera que los “agujeros de gusano” existentes en la galaxia tienen la facultad de plegar el tiempo, y ello ofrece una posibilidad argumental para Christopher Nolan, todo un innovador en la recepción del tiempo no lineal dentro del cine de gran presupuesto. La complejidad en los modos narrativos es uno de los sellos distintivos de Nolan, al igual que en otros cineastas contemporáneos como David Fincher. No en vano uno de los directores que más le ha influenciado es Nicolas Roeg, director de filmes de culto como Performance (1970) y Bad Timing (1980). En cualquier teoría del posmodernismo, la no linealidad es la marca de un tiempo desquiciado y una subjetividad fronteriza y esquizoide. Nolan lo sabe, y a su vez asimila como nadie la complejidad del crowdworking y la escritura colectiva además de la retórica de los videojuegos y los simuladores de ordenador en el espacio cibernético. Un claro ejemplo de esto era Origen (Inception) (2010), un filme que tenía un punto de partida genial: ¿Cómo implantar una idea en el cerebro de alguien con sigilo y cómo utilizar el momento del sueño para realizar dicho implante? Pero mientras que en Inception se abordaba las imposibles arquitecturas de la mente con sus juegos de espejos y laberintos de Escher, ahora Interstellar gira alrededor de la dialéctica “casa/universo” a través del espacio-tiempo. Lo que el cine de Nolan parece ofrecer es una reflexión temática, al menos desde la película que le lanzó a la fama, Memento (2000), del actual fin de la temporalidad en el que lentamente parece nos adentramos. Por este fin de la temporalidad me refiero a la dificultad endémica de nuestra cultura occidental para mantener una coherencia sobre pasado, presente y futuro y, por otra parte, a la creciente aceleración de los viejos paradigmas de consumo hacia la repetición y el pastiche mientras que en otro lugar se produce una desaceleración en la invención y la creatividad en la cultura popular del siglo XXI.

Interstellar propone una serie de ecuaciones que trascienden propiamente a su argumento: El yo como parte del cosmos o su reverso, el axioma del cosmos como parte del sujeto; la vida y la muerte como subordinadas; la inmensidad como límite entre espacio interior y espacio exterior, el amor, etcétera. Cuanto más se aleja la historia de la Tierra, más importancia se da a las relaciones familiares; cuanto más lejos se encuentra Cooper (Matthew McConaughey) de su hija Murph (Jessica Chastain) mayor es el vínculo que les une. Esta desasosegante oscilación entre el infinito y lo doméstico está en el origen de la emoción. En su libro La poética del espacio, Gaston Bachelard dice que la inmensidad es una categoría filosófica del ensueño. Y añade: “Los dos espacios, el espacio íntimo y el espacio exterior vienen, sin cesar, si puede decirse, a estimularse en su crecimiento. (…) Parece entonces que por su ‘inmensidad’, los dos espacios, el espacio de la intimidad y el espacio del mundo se hacen consonantes”. Este retrato de la inmensidad en Interstellar navega entre la seguridad del hogar y el cataclismo inminente, entre la infinitud del espacio íntimo y las distancias cósmicas. Un ejemplo de esto es la habitación de Murph, un espacio cerrado con su pequeña biblioteca que resultar ser un auténtico diseño digno de Borges lanzado a la experiencia, se dice fácil, de la quinta dimensión.

Hay un número de detalles narrativos en Interstellar que nos informan de esta acumulación escritural: el nombre de Murph en alusión a la “Ley de Murphy” no significa que algo malo vaya a suceder sino que lo que tenga que suceder sucederá; los guiños a 2001: una Odisea del espacio de Kubrick, especialmente en el robot irónico TARS, un híbrido formalista entre HAL y el monolito negro; el polvo, por su parte, no es sólo el causante de la ruina de las cosechas y de la propagación de algún tipo viral de cáncer sino que es también una metáfora del tiempo, como bien indica el primer plano del polvo acumulado en el estante de la biblioteca; el discurso sobre el amor, “el amor es la única cosa que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y el espacio”; o el hecho de que la película toca otro viejo género narrativo, los relatos de fantasmas, aunque determinar el tiempo del que proviene este fantasma no es sencillo.

Pero junto con las lecturas cósmicas y trascendentes, cargadas de misterio y que se intuyen más que se explican, se añade una lectura más social y contemporánea, pues Interstellar no aparece por casualidad. Más bien puede ser leída en consonancia con la función que la ciencia ficción puede todavía realizar, y que no es otra que cartografiar los puntos sensibles de un sistema mundial cuya representación es inabarcable si no directamente irrepresentable. La inmensidad de Interstellar es todo un sinónimo de la totalidad del sistema mundo. No está de más contemplarla en paralelo a otros filmes psicológicos y apocalípticos de altura como Melancolía de Lars von Trier (2011), o conjuntamente con Take Shelter (2011) de Jeff Nichols, en cuanto alegoriza las ansiedades de una clase trabajadora norteamericana actual.

Resulta bastante evidente que Interstellar se inscribe también como una parábola del cambio climático, aunque en ningún momento se explique cuales son los motivos que llevan a la Tierra a ser enemiga del ser humano. En lugar de profundizar en las causas del desastre ecológico, el filme lanza un mensaje social y políticamente mucho más preocupante en el que el abandono del planeta Tierra refleja el derrotismo político de nuestra época. Un espíritu de fracaso que expira la posibilidad del cambio y alternativa al sistema presente. Lo que nos produce verdadero terror es que este derrotismo resulta más creíble y realista que la otra posibilidad, el optimismo tecnológico como solución provisional, esto es, la posibilidad de repoblar la humanidad en otros confines. Aunque la escena final pueda ofrecer una brizna de positivismo y esperanza, ésta ya ha quedado denegada científicamente. De nuevo “ciencia” y “ficción” se bifurcan. Cuando este determinismo político parece irreversible, y a propósito de las bondades de la ciencia ficción, generalmente se cita la frase de Fredric Jameson al comienzo de Las semillas del tiempo: “Parece que hoy día nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo; puede que esto se deba a alguna debilidad de nuestra imaginación”.

Pero la posibilidad de la utopía y la esperanza de un producto de masas como Interstellar no puede quedar supeditado al contenido de éste o aquel hilo argumental. Más bien, su potencialidad reside en que mediante su emoción abre una puerta al acontecimiento y a la imaginación, y lo hace a una escala tan grande que reconcilia el disfrute colectivo y la agudeza crítica como sería deseable en todas las producciones de cultura popular en este comienzo de siglo.

* Publicado en El Estado Mental, dietario 19-11-2014


11/10/2014

Nota post-Autoedit

The Great Method. Casco Issues X. Casco, Utrecht, 2007



La pasada semana participé en unas jornadas en el Centro Huarte alrededor de la exposición Autoedit. Aunque hice un repaso rápido de al menos 10 publicaciones editadas, se me quedaron algunas cuestiones en el tintero.
¿Qué es un editor de arte? ¿Cuándo emerge esta figura del editor de arte? ¿Cuáles son los requisitos o habilidades de un editor de arte?
Aunque en el ámbito literario podemos más o menos identificar la figura del “editor/a”: ¿Y en el arte? Sin duda hay un trasvase y un paralelismo desde los 90 del comisariado hacia la edición, aunque cada uno de ellos tiene sus especificidades: Del espacio físico de exposición en 3D al espacio físico del papel en 2D. La suma de páginas en 2D produce un objeto 3D, un objeto que es el resultado de la interacción de numerosos agentes y que suma detalle tras detalle en la consecución de un objeto-horizonte.
Una práctica contextual supone realizar el salto desde el contexto de la exposición y el display a la superficie editorial extendiendo los roles: artista, comisario, crítico de arte/escritor y también editor. Esta idea de “CONTEXTO” es prioritaria. En lugar de hablar de “proyectos” editoriales y de “auto-edición” resulta más productivo referirnos a actividades paralelas instigando una teoría del paralelismo contextual. co-op no es un proyecto per se, sino una actividad sumada a otras actividades paralelas que coinciden, colisionan, se superponen a la hora de trabajar con arte y con artistas. Una línea a interseccionar con otras líneas de actividad.

El siguiente fragmento de Bruno Munari sacado de ¿Cómo nacen los objetos? define algunos de los requisitos exigibles a un editor en arte:

Actividad editorial
No sólo la proyectación gráfica de la portada de un libro o de una serie de libros, sino también la proyectación del mismo libro como objeto y, por tanto, el formato, el tipo de papel, el color de la tinta en relación con el color del papel, la encuadernación, la elección del carácter tipográfico según el argumento del libro, la definición de la extensión del texto respecto a la página, la colocación de numeración de las páginas, los márgenes, el carácter visual de las ilustraciones o fotografías que acompañan al texto, etcétera.[1]

Los lectores podrían pensar que estos requisitos son más propios del diseñador que del editor, pero no. El diseñador está para colaborar con el editor y con el autor/artista en una triangulación a ritmos e intensidades variables que nunca son las mismas. Cada publicación es site-specific y exige su propio modo de realización. coop, más tarde co-op, se entiende por cooperación, cooperativa pero también por co-optación, co-óptico.

De nuevo Munari:
Estética
Modo coherente con el que las partes forman un todo

La coherencia formal, la interrelación entre forma y contenido es la tarea del editor en arte.
La auto-edición es para mí una medida para satisfacer las necesidades de la auto-creación. En la medida que esa necesidad se alimenta en otros lugares y esferas, la auto-edición deja paso a las actividades paralelas. La clave para entender estas “actividades paralelas” se encuentra en la búsqueda de libertades individuales y colectivas y la redefinición de los roles en el arte propias de los 90.

Se trata de crear espacio de actividad autónomos y propios. En mi caso puede ser co-op y también este mismo blog, Crítica y metacomentario.

Nota final: abordar los peligros del fetichismo del papel y el riesgo de un nuevo hipsterismo en ello.


[1] Bruno Munari, ¿Cómo nacen los objetos?, Gustavo Gili, Barcelona, 1983, p. 33.




11/02/2014

Antiguo y moderno / Viejo y nuevo

Ausstellung Antik & Modern, Max Bill, 1935



10/29/2014

NO & JD, fanzine, 2000



París año 2000. 20 años del suicidio de Curtis. Se trata de una evaluación del tiempo,
en parte autobiográfica, en parte musical. Texto, imagen, gráfica. Los zines son medios
adolescentes en una época que ha alargado la adolescencia. 


"Lawrence Weiner también diseño el cartel promocional con motivo de la salida de
'Brotherhood", 1987". Música, arte y diseño. Disco, cartel y gráfica. Algunos de los
temas que interrelacionados configuran la temática de este mismo blog.

La escritura es courier, estilo máquina de escribir. Cortar y pegar. Fotocopias en la era creciente de Internet.
La tipografía Helvética. La barra separadora y el punto rojo. Unidos ambos harán la barra roja con la que Peter Saville diseñará el próximo Get Ready (2001). ¿Anticipación? La encuadernación es à la ancienne.

Portada y contraportada. En el original en fotocopia papel cebolla. Collage. Post-punk y modernidad. Periodización y atemporalidad.

El fanzine recoge en la misma página un poster de Weiner para el álbum Technique
(1989) y una obra de un Liam Gillick de comienzos de 1990 para
una arquitectura "textual". Estos dos artistas amigos y colaboradores realizaron más

de una década después una exposición conjunta en MuKHA de Amberes, 
A Syntax of Dependency, 2011. 

10/26/2014

Una nueva EVA futura. Estilo y codificación en New Order



Una nueva Eva futura. 2001 y New Order sacan Get Ready, su primer álbum desde 1993. Desde el comienzo las guitarras salen al ataque con “Crystal”, un tema rockero y expansivo. New Order están de vuelta. Pero ese álbum cuenta de nuevo con Peter Saville y también, para la ocasión, fotografías de Jürgen Teller. Durante un lustro ese trabajo gráfico y fotográfico inspiró buena parte de mi trabajo; desde algún cartel para conferencias a reflexiones sobre el estilo y la moda. Más de una década después, ese ojo cíclope tecnológico parece sobrepasado por la ubicuidad del smartphone multiusos. (Pensémoslo detenidamente… ¿si nos hubieran dicho no hace tanto lo que un teléfono hace ahora?). 

En cuanto al estilo: su absoluta modernidad minimalista. Una lectura reciente sobre el origen de las palabras “moderno” y “modernidad” (de Hans Robert Jauss) señalaba que lo moderno no se opone sencillamente a lo viejo, sino que lo verdaderamente opuesto a la novedad constante es lo atemporal, aquello que nunca pasa de moda, como un vestido que se mantiene vistoso como la primera vez. La querencia de la modernidad por el clasicismo se explica en que no hay nada más moderno que aquello que se mantiene vigente a lo largo del tiempo. Es lo que sucede a esta genialidad de trabajo gráfico. La posibilidad de periodizar y, a la vez, una planitude que atraviesas las décadas. 




10/23/2014

EDITORIAL: Simbología y emoción

Cartel del documental sobre Leon Trotsky "Asaltar los cielos" 
(1996) de José Luis Lopez-Linares y Javier Royo


Acontecimientos recientes en España ponen en perspectiva uno de los temas más repetidos en la historia de lo político en el siglo XX; a saber, la relación entre el uso de la simbología y la iconografía y el recurso de lo emocional en la conquista (y la manipulación) de las masas. Hace tiempo que el discurso de la política erradicó la palabra “masa” de su repertorio y lo sustituyó por sociedad, opinión pública o directamente por electorado. Las formas escogidas para dirigirse a ese afuera son siempre históricas. Es algo endémico en la izquierda la dificultad para reinventarse un imaginario y un simbolismo renovado acorde a los nuevos tiempos sin caer en la nostalgia y la recuperación de las enseñas que marcaron algunos de sus hitos. El cierre el pasado fin de semana de la Asamblea de Podemos con la canción L’Estaca de Lluis Llach responde a este imaginario siempre eficaz. Ello plantea una interesante situación; determinar si los significantes (la iconografía) existe como “producto” de la ideología o, por el contrario, la ideología misma se genera como efecto de su estetización. La cultura sirve entonces como herramienta para su instrumentalización.

La elección de esa canción hubiera pasado más desapercibida si una frase de Pablo Iglesias no hubiese sido pronunciada poco antes: “el cielo no se toma por consenso, sino por asalto”, una frase atribuida a Marx poco después de la represión a la Comuna de París en 1871. Esa frase dio pie a un editorial de El País (ver AQUÍ) que puede ser leído como todo un ejemplo de crítica ideologizada y deshonesta, la cual “interpreta” el sentido de los textos de acuerdo a una ambigüedad interesada y convenida desde la ideología. “Puede querer decir esto, o puede decir esto otro (claro está, lo contrario)”. Evidentemente el editorial quería remarcar lo segundo. Debían creer desde la dirección que el lector no lee el resto del periódico (ver AQUÍ), al desentrañar en otras páginas el origen de la cita y su referencialidad a lo largo de la historia la cual, no por casualidad, se remontaría al Romanticismo y en concreto a Hölderlin.

Tanto en el caso de la canción de Llach como en la cita de Marx, existe en la izquierda una apelación cultural (culto=cultura) que contrasta con la desideologización y vaciamiento de contenido de la social-democracia (o el centro político). La alusión al Romanticismo no está de más aquí, por el componente exaltado y pasional (emocional) que introduce. La historia del siglo XX se encarga de recordar por sí sola el peligro de toda puesta en escena basada en lo emocional. Populismo se llama, y de eso sabe tanto la derecha como la izquierda. Sin embargo, el progresivo descrédito y cinismo de la política reside en su falta de credibilidad y en su incapacidad para generar empatía o comunicar afectivamente. Mientras la izquierda encuentra en el baúl del pasado los artefactos estéticos que generen afecto y colectividad, la derecha no necesita rebuscar en ningún sitio sino simplemente coger aquello de la cultura de masas que está más a mano. ¿No es cierto que el ex presidente del Gobierno Aznar dijera una vez que su banda de música favorita era Coldplay? ¿Folk político contra pop político?

Evidentemente, no tiene sentido debatir sobre la ideología de Coldplay como banda musical sino más bien analizar el componente emocional que genera y cómo el neoliberalismo explota económicamente esa emoción. Capitalismo emocional. Sorprende en cualquier caso que la izquierda no encuentre alternativas más contemporáneas, que no sea capaz de renovar su discoteca. Cantar La Internacional puede ser algo muy emocional, y más todavía en estado de embriaguez. ¿Acaso los pubs de Manchester no fueron para Marx y Engels buen escenario de testeo para una política embriagada y pasional?[1]







[1] Ver Tristam Hunt, El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, Anagrama, Barcelona, 2011.


10/17/2014

El imperio de los signos/sentidos
























Una semiótica de los signos conlleva una semiótica del lenguaje, las formas y la imagen.
El universo icónico y cultural japonés; un imperio de los signos y un imperio de los sentidos. (Barthes adaptando el célebre título de la película de Oshima). Hay un sensualismo en el signo y una sensualidad en el antiguo imperio. Resulta interesante cómo la cultura japonesa recoge la producción cultural europea “de calidad”, la interpreta y le da forma. También la cultura pop.
Estos dos carteles de cine los encuentro de una perfección sublime y buenamente generan un anhelo de posesión. Pickpocket de Bresson y Alphaville de Godard. Seguro que la lista de carteles sublimes es mucho más extensa. Imagen, tipografía, color y forma entablan una armoniosa y delicada relación. El imperio de los signos y los sentidos deviene la república del estilo. Es ahí donde queremos vivir.