La fama de Georg Simmel en la sociología
es de sobra conocida. Su renombre le viene también a través de los testimonios
de discípulos y admiradores más jóvenes: Ernst Bloch, Georg Lukács, Walter
Benjamin… Pues la obra de Simmel puede verse como una nítida radiografía de la
modernidad y la modernización de la vida en las grandes urbes de finales del
siglo XIX y principios del XX. Su trabajo más influyente atraviesa la sociología
y el urbanismo al situar la rapidez de las conexiones y las relaciones en la
ciudad como la base para definir la modernidad. De ese modo, su ensayo Las grandes ciudades y la vida intelectual
se erige en una arqueología del modus operandi del urbanita moderno: su
traducción inglesa como The metropolis
and mental life llevó a pensar durante mucho tiempo que el texto en sí era
una reflexión sobre la psicología y los efectos de la ciudad en la psique
humana. La clave, sin embargo, está en el concepto de “vida intelectual”, el
auténtico motor de las nuevas relaciones en la ciudad y que, gracias a la
intelectualidad, genera todo corrimiento en las clases sociales y modos de
organización.
Fijándose en aspectos nimios de lo
social, en detalles insignificantes que parecen no perfilan a primera vista los
rasgos decisivos de toda una sociedad, Simmel elaboró una teoría de la
modernidad como una totalidad unitaria. Lo pequeño, lo que casi no es tomado en
cuenta, incluso lo despreciable, eran para este sociólogo material de estudio.
Entre sus temas destacan la coquetería, la moda femenina, la aventura, la clase
ociosa y especialmente la importancia del dinero (estudiada en Filosofía del dinero). Un asunto vital
fue la lucha entre la individualidad y el colectivo, esto es, cuando la
obediencia a una ley válida para todos entra en conflicto con la individualidad
personal que sólo obedece a su propio sentido de la vida. El humano era para
este sociólogo ante todo un ser diferenciador, escrutador.
Fue también Simmel quien planteó el
estilo como un problema. De hecho uno de sus méritos consistió en religar de un
modo teórico la cuestión del estilo como manifestación formal en las obras en
la historia del arte con aquella otra más prosaica del modo de organizar la
vida en los interiores domésticos, en el lifestyle,
en la moda. Escribió: “Cuanto más profunda y única es la impresión que nos
causa una obra de arte, menos suele ocuparnos la pregunta de la cuestión del
estilo de la obra”. Es por esto que Simmel otorga a los grandes artistas,
Miguel Ángel, Rembrandt, la facultad de facultad de volver absolutamente
irrelevante la cuestión del estilo, pues estos y otros maestros “se han creado
una forma de expresión propia, que tiene su origen en su genialidad enteramente
individual y que nosotros percibimos como lo general de todas y cada una de sus
obras individuales”.
El estilo se media entre lo general y lo
individual, desde el instante en que ciertos artistas cogen características y
rasgos específicos, dentro de los cuales se crean obras con esa tendencia y que
después son adoptados por otros artistas. De esa manera, el estilo, que surge
como manifestación de lo individual, al ser adoptado por otros, se convierte en
la propiedad de muchas personalidades artísticas. El estilo es de ese modo un
elemento que acompaña a la expresión de la personalidad.











