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El esperado libro de Mark Fisher enseña el camino de lo
que una crítica contemporánea, ágil y lúcida, cargada de afecto, experiencial y
penetrante, puede hoy en día realizar. Como bien expresa el statement de su editorial, Zer0 Books:
un nuevo tipo de discurso florece en regiones más allá de las franjas
comerciales de los llamados mass
media y en los burocráticos y neuróticos despachos de la academia, un discurso
intelectual no necesariamente académico, popular sin ser populista. Un estilo,
una voz y una temática sobresalen en la escritura que Fisher practicó durante
años en su blog, conocido con el alias k-punk. He dicho “crítica” en vez de
“teoría”, porque la primera mantiene el potencial de su propia renovación
todavía intacta siempre y cuando se aplique con la libertad y la densidad de
esta recopilación. Si tuviera que afirmar cuál es el género de Ghosts of My Life, sin dudarlo diría que
se trata de una clase de necesitada y urgente crítica cultural contemporánea.
Mark Fisher actúa, en este sentido, como un hábil sismógrafo de las profundas
transformaciones en la cultura, el consumo y la producción desde finales de los
70 hasta nuestros días.
Hay varios motivos de interés aquí: Fisher escribe sobre
la temporalidad más que sobre el tiempo; acerca de esa “la lenta cancelación
del futuro” en la que nos encontramos y que toma prestada de Franco “Bifo”
Berardi. Pero escribiendo sobre la temporalidad, los paisajes que dibuja son
perfectamente espaciales. Lo que el lector recrea en su cabeza son esas
galerías comerciales a primeras horas un domingo por la tarde con su McDonalds
y pasillos muertos, edificios de cemento que olvidaron el componente utópico
del brutalismo, una gran ciudad humeante y fría, vacía y oscura, una casa, un
hogar, entre neblina. En esos no-lugares hay espacio para la nostalgia y la
aflicción. Paisajes post-industriales a lo Ballard, viejas series de televisión
y un regusto por la introspección o una trascendencia no trascendente.
El primer ensayo, “The Slow Cancelation of the Future”
puede leerse a modo de condensador de todo lo que vendrá después. A una
desaceleración en la invención y la creatividad en la cultura popular del siglo
XXI le ha seguido una aceleración de los viejos paradigmas de consumo haciendo
de la repetición, el pastiche y el déjà
vu la norma cultural de un presente alargado y contingente a la vez. Para
Fisher, la cultura musical ha sido central en la proyección de futuros que se
han perdido. (Por cultura musical se
refiere no sólo a la música sino también a la moda, el diseño o cover art y el discurso). Su
diagnóstico, no exento de exorcismo interior, es que el periodo desde comienzos
del siglo XXI (en concreto él señala el 2003, año en el que empezó a postear)
hasta ahora será reconocido como el peor para la cultura (popular) desde la
década de los 50.
Esta obra supone, también, la materialización de ese
corpus interpretativo primero aplicado a la música electrónica (a mediados de
la década pasada) y después liberado, extendido a todo un espectro cultural,
llamado hauntology, un híbrido del
término inglés to haunt, haunting, y “ontology” (ontología). Como
es sabido, el término alude a Jacques Derrida y al énfasis que éste otorga en
su Espectros de Marx a la frase “el
tiempo está fuera de juicio” de Hamlet para señalar una temporalidad quebrada
de presencias y ausencias que continuamente nos asaltan en la coyuntura social
y política de desconfianza hacia el socialismo. En manos de Fisher y una
comunidad de bloggers, la “hauntología” es toda una ciencia difusa, más metafórica que otra cosa, y que sirve para
señalar las contradicciones de la virtualidad producidas por el paso de lo
analógico al mundo digital, incluyendo la virtualidad y la abstracción del
capital mismo. No es de extrañar que esta causalidad espectral tenga en el
dimensión sónica del “crujido” (o el impacto de la aguja sobre el vinilo) su
momento álgido, así como una “niebla” que parece envolver nuestros recuerdos y
experiencia cronológica. Él no lo dice, pero no es difícil conectar esta
recuperación del sonido perdido del “crujido” en lo sonoro con la también
reciente invasión del fetichismo del granulado fílmico y el celuloide en gran
parte del cine, el documental y el arte contemporáneo de comienzos de siglo. La
virtud de Fisher está no sólo en señalar los lugares donde el eterno retorno
del pasado acontece sino en rastrear la “potencialidad” intacta de artefactos
culturales y musicales, enfatizando su “dimensión utópica”.
Gran parte de la teoría “hauntológica” se le debe, además de a Derrida, a la
excepcional lectura que el autor hace de El
Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, sobre todo a partir de un álbum de The
Caretaker que podría sonar perfectamente en el ballroom del hotel Overlooked en dicho filme. Banda sonora de los
años 20 y 30. Ya se sabe, el salón donde un demente Jack Torrance (Jack
Nicholson) encuentra al superyó ideal de una época dorada, los 20, o como
escribe Jameson, “el último momento en el cual una genuina clase norteamericana
ociosa exhibió una existencia agresiva y ostentosa, en la cual una clase
dirigente norteamericana proyectó una imagen de sí misma autoconsciente y no
culpable, y gozó sin culpa de sus beneficios, abiertamente y armada con sus
emblemas de galera y copa de champagne en el escenario social, a plena vista de
las otras clases”.
Es por los años 20 que el héroe está hechizado y poseído, y lo que ahora mismo
nos importa es determinar la abstracción social desde donde voluntaria pero
inconscientemente nos sometemos al hechizo.
Musicalmente hablando, The Caretaker y Burial son, para
Fisher, ejemplos máximos de la “hauntología” sonora, mientras que la irrupción
del Jungle con Goldie (¿hay quien todavía se acuerda de Goldie y de Tricky?), o
el análisis de Japan cuya letra de la canción “Ghosts” da el título al libro,
ofrecen no poca información sobre la naturaleza del cambio en los paradigmas
culturales del pasado reciente. El problema del término “hauntología”, su inapelable
seducción, reside en la tentación de aplicarlo a todo lo que nos parezca
encantado, hechizado y fantasmagórico, no importa de qué estemos hablando. Cualquier
película gótica nos parecería entonces “hauntológica”. Tentación en la que
Fisher no cae en ningún momento. Más bien, su acierto consiste en subjetivizar
al nivel de las referencias mediante una lista de autores que enlistados
simulan una aparente falta de cohesión entre ellos: los mencionados Burial y
The Caretaker, bien, pero también John Le Carré, Jimmy Saville, Christopher
Nolan, Joy Division, Darkstar… ¡incluso Kanye West! Pasando por otros muchos
nombres más sonados en el contexto anglosajón o no necesariamente conocidos. Se
encuentra aquí uno de los rasgos de este libro, su interés y su limitación, es
decir, el contorno de una geografía la cual se circunscribe a un britishness sin apenas exterioridad.
Esto no es impedimento para que los connoisseurs aprecien, pues gran parte de los
lectores del autor de Capitalism Realism:
Is There No Alternative? (Zer0 Books, 2009), están entrenados en escudriñar
a través de la exclusividad de las referencias en blogs de lo más
especializados. En cualquier caso, el alcance del autor sobre los males que
aquejan a la cultura británica desde el ascenso del Thatcherismo (y que el
ensayo sobre la controvertida figura de Jimmy Saville expone sin tapujos) es
contundente.
Desde el punto de vista teórico, Mark Fisher es más
jamesoniano que derridiano, de quien dice le resulta un autor frustrante. De Fredric
Jameson recoge el capitalismo tardío como horizonte cultural que todo lo invade,
una naturalidad para hilvanar referencias heterogéneas que van de lo alto a lo
bajo y viceversa, así como un espíritu periodizador, dialéctico. Esta
metodología de pensamiento se esboza en el conjunto de este libro y
temáticamente no puede sino trazar un arco con el estudio del posmodernismo y
sus formas saturadas de nostalgia que todo lo invaden así como cierto anhelo de
esperanza y futuridad. Pero además, Fisher opera con el sonido y lo popular
como Georg Lukács lo hacía con la novela realista del XIX, es decir, revelando
desde la minuciosidad del análisis y la interpretación los difíciles
sentimientos irrepresentables del sistema capitalista. Esto lo hace a partir
del sonido de la resaca post-rave o la retirada de una forma de disfrute
colectiva basada en el baile a una actitud reflexiva e íntima, por ejemplo en
Darkstar o en la evolución del synth-pop futurista en John Foxx, etc.
Para Fisher, el estado actual de la subjetividad, el
origen de la (su) depresión es el neoliberalismo mismo. Hablando de Joy
Division escribe: “Joy Division connected not just because of what they were,
but shen they were. Mrs Thatcher just arrived, the long grey winter of
Reaganomics on the way, the Cold War still feeding our unconscious with a
lifetime’s worth of retina nightmares”, para a continuación indagar con
sobrecogimiento en el suicidio de Ian Curtis y afirmar que su asunto, el de Joy
Division, era la depresión y no la tristeza o la frustración. “Depression,
whose difference from mere sadness consists in its claim to have uncovered The
(final, unvarnished) Truth about life and desire”.
O, por ejemplo, hablando de Inception de Christopher Nolan:
“The ostensibly upbeat ending and all
the distracting boy-toy action cannot dispel the non-specific but pervasive pathos
that hangs over the film. It’s a sadness that arises from the impasses of a
culture in which business has closed down any posibility of an outside –
situation that Inception exemplifies,
rather than comments on. You yearn for foreigh places, but everywhere you go
looks like local colour for the film set of a commercial; you want to be lost
in Escheresques mazes, but you end up in an interminable car chase”.
Lo reseñable en esta recopilación de escritos es que lo
que se piensa también se siente, y el lector es testigo de este sentimiento,
algo nada sencillo en la escritura crítica y teórica.
Postdata: para una crítica comparada el lector puede leer esta otra de Brian Dillon publicada en el número de verano de la revista ArtReview.