“En lugar de dar su propia opinión, un gran crítico permite a otros formar su propia opinión sobre la base de su análisis crítico. Además, esta definición de la figura del crítico no debería ser un asunto privado sino, en lo posible, un objetivo estratégico”. Walter Benjamin, “The Task of the Critic”
Esta definición de Benjamin pone sobre la mesa que este “objetivo estratégico” de la crítica es engancharse a la rueda de la producción, generando mediante la crítica una rebrote de conciencia crítica en el lector que le motive y fuerce a modificar sus propias condiciones productivas así como su propio posición singular dentro de la estructura de la producción. Este análisis de un “autor como productor” es innovador en lo que tiene de modificación de las condiciones económicas de los medios de producción, allí donde el estudio de la esfera cultural como lugar de productividad se alarga al conjunto de las relaciones económicas de la sociedad en general.
En esta definición del crítico, éste/ésta se nos presenta como un combatiente dispuesto a luchar por la clase a la que sirve y de la cual surge. Es aquí donde el papel del periódico como lugar ejemplar de esta transformación no debe desestimarse. Siempre hay un hilo que recorre las relaciones entre los escritores y la prensa escrita: aquel que determina la expansión del campo literario a otras zonas erógenas de la escritura. Si cada mañana el lector del periódico quiere carnaza, ésta, viene empaquetada y lista para ser consumida con gran satisfacción y voracidad. La prensa escrita parece alimentar la sensación de vivir en una cotidianeidad que se experimenta a través de los efectos anti-alucinógenos de un tiempo lineal y homogéneo. En "El autor como productor", el periódico se nos presenta como el medio más apropiado para la revolución social, por su cualidad de medio de masas y por la relación que se establece entre el escritor/productor y el lector/receptor. Esta relación, lejos de ser cerrada, plantea las siguientes preguntas: ¿qué es un autor? ¿quién es un autor dentro del sistema de la producción cultural? Un autor es, en este marco ideológico, aquél que además de realizar un producto, una obra, participa y contribuye del sistema organizador y de producción. Un escritor es también aquí, un elemento de la reeducación de la sociedad: “Un autor que no enseñe a los escritores, no enseña a nadie”. Según esta concepción marxista, la revolución consistiría en mejorar el aparato de producción, en este caso el periódico, haciendo producir a través de la figura del autor a otros productores, entre ellos los propios lectores y espectadores, que devendrían colaboradores. Como escribió Benjamin, “la prensa es la instancia más determinante respecto de dicho proceso, y por eso debe avanzar hasta ella toda consideración del autor como productor”.
Esto extrae la idea fundamental de que en cada lector hay un potencial escritor, o, cuando menos, el deseo de suplantar a este último es tan fuerte como el deseo de leer el texto. El periódico constituiría la plataforma para un desplazamiento de la actividad literaria expandida a otros medios de producción. Otra afirmación valiosa la aportó Baudelaire al declarar que “el escritor (y el crítico) es una prostituta”. Sin duda, éste se refería a las relaciones económico-serviles entre los intelectuales y aquellos medios de comunicación de la época que, a cambio de unas cuartillas bien escritas, ofrecían su ración de recompensa. Semejante economía libidinal parece reproducirse continuamente desde entonces en la crítica sea en periódicos o revistas especializadas. Baudelaire, con su mezcla de genio romántico e irracionalidad, defendió una crítica “apasionada y partidista”, una crítica que aún insertándose en la prensa escrita, participaba de objetivos más ambiciosos. El género periodístico es un espacio donde la batalla intersubjetiva también tiene lugar. Pero, la asunción del lema de “el autor como productor” tiene, no ya en la figura del escritor, sino en la más cotidiana figura del periodista de redacción su potencial destinatario, convertido éste ya en autor, y por lo tanto, en escritor. Según esta máxima, la crónica, el reportaje, la crítica, la columna, las páginas de sucesos, los flashes informativos, las fotografías y los anuncios por palabras serán a partir de ahora el lugar para la literatura. La forma universal del libro ya no sería el formato sagrado para la actividad literaria, sino también la obra basada en fragmentos aislados, retales inconexos unos con otros, artículos, folletos, catálogos y demás. Todo esto nos enseña algo que ya sabíamos pero que hemos olvidado, a saber, que el periodismo puede ser una buena escuela para la crítica. Si esto no ha sido así o no lo es, debe hacernos reflexionar sobre cómo los géneros de la crítica de arte sobreviven en un marco de cross-boarding y polución donde el potencial crítico se desplaza continuamente. Una de las contradicciones estaría que a la multiplicación de formatos (columnas, reseñas, texto sobre artistas, noticias breves, sinopsis, agendas) de la que participa la crítica no se corresponde una similar variedad de registros de escritura, estilo y géneros.
El medio del periódico también nos hace ver otra de las paradojas, a saber, el decline del crítico en beneficio del ascenso del periodista artístico o de aquel que tiene en el periódico su hueco fijo, su espacio de fortaleza (la regularidad de la crítica). Y aquí el origen puede ser el de un periodista cultural transformado en crítico, o al revés, un crítico deviniendo periodista artístico aceptando complacientemente los límites editoriales del propio contexto. Y esto también conduce a algo peor, la sumisión del crítico al formato y al estilo informador del propio periodista especializado en arte, cuando en la mayoría de las veces, este mismo periodista adopta los clichés y los recursos más trillados, por no decir pasados de moda, de una crítica obsoleta y acontemporánea, esto es, una crítica no-urbana.